Saturday, August 29, 2009

Miserias




Setiembre en Hanoi, un tiempo fantástico, me sentía capaz de emprender casi cualquier proyecto, estaba eufórico y, buena parte de ello se debía a ese magnifico sol que lucía sobre mi cabeza y nunca mejor dicho porque caía a plomo sobre mi testa, que pendía, en una extraña posición por un extremo de la tumbona al borde de la piscina.

Oí unos pasos que se acercaban y cuando la miré, me quedé sorprendido de su belleza, la veía tamizada por la potente luz del sol, por mis ojos entrecerrados y por mi incongruente postura, como pasada por un filtro, tan intenso que me sucedió algo realmente extraño, mi vista fue proyectada hacia aquella mujer, tan directa y profundamente que me produjo un efecto paranormal, mi campo visual se trasladó hacia su interior y de allí, hacia su vida, hacia su pasado.

Me sentí mareado, mientras iba recorriendo el panorama tridimensional de su vida. La vi cuando apenas tenía dieciséis años, era preciosa, iba en su bicicleta por las calles de Manila de camino al colegio, parecía mas joven que la edad que tenia, todavía era virgen.

Fui recorriendo su pasado a través de mi visión, viendo su vida en estampas que se desplazaban ante mi a una cierta velocidad, fotografías de los momentos importantes. Visioné como acababa sus estudios tras lo que comenzaba a trabajar en una oficina, como la cortejaba aquel muchacho. El le llamaba Linda aunque su nombre fuese otro. Noviazgo, matrimonio y pronto su primer hijo, parecían ser felices.

Todo muy feliz hasta que mi “paseo” por las entrañas su vida tropezó con la tragedia, ellos, los tres, iban de excursión en el coche que acababan de comprar y sucedió, accidente, sangre, ruidos, gritos y, al final, lloros, muchas lágrimas, el niño había fallecido en el percance.

A partir de aquel momento su vida cambió, la felicidad se trocó en tristeza y melancolía tintada de depresión. Ella, tan guapa, fue marchitándose rápidamente, sus facciones se arrugaron ayudadas por las continuas muecas de dolor.

El, en su inconsciente, le achacaba a ella la culpa del desastre, por lo que fue alejándose, dejándola de querer y, al poco tiempo, apenas le hablaba.

Cuando ella pasaba a mi lado, salí de mi ensimismamiento, me di cuenta que me había quedado colgado con la historia, había alucinado, quizá debido al sol, tenía revuelto mi estómago y una cierta opresión en el pecho, aquella historia me había afectado más de la cuenta.

Mientras sentía que me había excedido en mi alucinación y me incorporaba para sentarme en la sombra, buscando el refugio a la posible insolación, observé como él iba detrás de ella y le llamaba: Linda.

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