Wednesday, September 23, 2009

CAJAS

Ayer me deje llevar por la entrada del otoño en Hanoi, la suave y deseada temperatura me fue conduciendo por callejas y callejuelas, perdiéndome entre los enrevesados vericuetos del barrio viejo de la ciudad. Tan ensimismado iba en mis pensamientos que apenas veía lo que el diario espectáculo me ofrecía, tan solo pequeños atisbos de realidad que marcaban el rumbo de mis pasos.

Esos olores y la sensación de bienestar me trasladaron hacia el pasado y, en el mismo momento que mis pensamientos se deslizaban por entre las marañas de los recuerdos más antiguos, una escena me sacó de mi abstraimiento. Eran dos chiquillos que estaban jugando en plena calle, aprovechando que era una vía sin salida, por la que no circulaban vehículos.

Me llamaban a través de las rendijas de una caja de madrea desvencijada en la que se habían introducido e, inmediatamente, me impactó aquel recuerdo en el que el chiquillo era yo.

Había dos tipos de cajas las de dentro y las de fuera, las de dentro eran mas divertidas pero las de fuera tampoco eran mancas. Las de fuera eran cajas de cartón de pequeño tamaño con las que construía ciudades (si mi padre fuese Calatrava estaría orgulloso de mi), estas se edificaban de mil formas dependiendo de la distribución de los módulos.

Pero las que realmente eran guay eran las de dentro. Se necesitaba espacio exterior, una caja grande, normalmente de madera, y, por lo menos, un amigo, bueno se podía jugar solo aunque no era lo mismo.

Una vez conseguidos los elementos se podía instalar aquella fabrica de sueños, apenas se necesitaban unos minutos.

El poder que poseen las cajas de adentro es inconmensurable, una vez dentro se forma un espacio atemporal en el que los tejemanejes que realicen los chavales pueden ser mas poderosos que los realizados en ningún cuartel militar. La energía que allí se concentra es suficiente para poder volar a cualquier planeta y las decisiones que en aquel reducto se tomen marcarán toda nuestra vida.

Cuando los chiquillos me llamaron mi corazón me dio un vuelco, la ocasión era única y, sin pensármelo dos veces, me dispuse a entrar en la caja. Cuando levanté el cubo y vi sus caras de pavor comprendí su negativa a compartir aquel espacio conmigo, en aquel momento la realidad me sacudió, baje la caja lentamente dejándola posada sobre el suelo.

Di la vuelta y me dispuse de nuevo a perderme entre las sensaciones preotoñales del barrio viejo de Hanoi.

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