Thursday, August 13, 2009

DESEOS VIRTUALES

Caminaba por la orilla del lago Hoan Kiem tratando de ahuyentar el calor húmedo y persistente a esa hora en la que el cielo comienza a ceder su azul a la noche y ganaba a pulso los últimos metros que me separaban de mi café favorito situado al borde del agua.

Su superficie estaba calmada como la de una sopa de tapioca y comenzaba a reflejar los neones de la otra, aggh! como me gusta ejercer de turista! En ocasiones como esta.

La idea de una cerveza fría animaba mis pasos y, tan absorto iba en esa idea, que ni la joven muchacha con su insinuante mirada consiguió sacarme del ensimismamiento (este hecho lo rescate de mi subconsciente horas después, cuando me encontraba demasiado solo para mi amplia cama).

Había llegado a mi preciado café pero no fue eso lo que provocó el aterrizaje de mi vuelo privado, los culpables fueron tres teléfonos móviles situados en una mesa en la que se encontraba una joven pareja de vietnamitas. Estaban perfectamente alineados en la perpendicular del joven pero, lo que me llamo la atención, fue su número: 3.

Comprendía dos aparatos, (uno particular y otro de trabajo), pero tres, ¿que sentido tenia?. Con mi habitual vicio de la curiosidad estuve tratando de resolver el enigma mientras degustaba la fría cerveza.

El muchacho nunca los miraba directamente, tan solo, de vez en cuando, acariciaba uno de ellos levemente, a la vez que hablaba con su pareja o miraba distraídamente hacia el lago.

La primera cerveza se acabo y dio lugar a una segunda que pude paladear mas lentamente, pero, a pesar de mi disfrute, no perdía de vista a aquel muchacho, esperando descubrir la explicación del tercer elemento.

La segunda bebida dio lugar a una tercera, no sin antes prometerme a mi mismo que sería la ultima, esta la fui disfrutando quedamente, sin atisbos de precipitación alguna como había sucedido con la primera. Mientras sentía como el alcohol me penetraba con cierta garra seguí con atención lo que acontecía en la mesa contigua.

Caí en la cuenta que, hasta ese momento, no había sonado ninguno de los tres teléfonos, ninguna llamada, y el vietnamita seguía palpándolos de vez en cuando, como deseando que se produjese ese hecho. Su manera de hacer me recordaba la de un gato que teníamos en casa, acababa de cazar un ratón y jugaba con él, mientras este se hacía el muerto, para tratar de escaparse, mientras el gato jugaba un papel parecido, como si se hubiese olvidado del ratón a la vez que lo miraba de reojo, y así seguían hasta que el gato se cansaba y le movía para provocar que tratase de huir y cazarlo de nuevo.

La cuarta cerveza no llego pero si la hora a la que debía marcharme, en aquel momento ocurrió, un sonido estúpido, con cierto efecto Doppler, sonó e iluminó uno de sus móviles, los tres, la pareja y yo, dirigimos nuestras miradas hacia el teléfono con expectación y, el joven, cogió el teléfono y contesto la llamada.

Mi conocimiento de la lengua vietnamita es pobre pero suficiente para comprender su contestación: “se ha equivocado de numero”.

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