Aquel artículo me había dejado pensativo. El autor sostenía que las ondas de radiofrecuencia, como las que utilizaban los teléfonos móviles, afectaban al sistema cerebral de las personas provocando trastornos que, en algunos caos (más de los que creíamos) y dado que nuestro entorno habitual estaba repleto de dichas ondas, nuestra salud se veía afectada dependiendo de la cantidad de las ondas que recibiésemos así como de nuestra propia resistencia, afectando a nuestra psique e, incluso, a nuestro físico.
Los efectos, según aquel escrito, eran variados y no habían sido estudiados a fondo, iban desde jaquecas hasta tumores malignos, pero todos parecían tener unos efectos como denominador común: Intranquilidad, estrés y fatiga física y cerebral.
Tan solo unos minutos después de aquella lectura, comencé a sentir algunas pequeñas molestias, principalmente un comienzo de jaqueca que rápidamente atribuí a la cantidad de teléfonos móviles que había a mi alrededor, por lo que comencé a mirarlos con cierta aprensión.
Mientras pensaba en estas cosas me hallaba saboreando un café vietnamita, con leche y hielo en el barrio viejo de Hanoi, cuando sonó un móvil en la mesa de al lado que me sacó del ensimismamiento, comencé a contar las personas que, en ese momento, estaban hablando por sus móviles, constatando una proporción de una de cada tres de las que se encontraban en aquel café.
Mi desazón aumentó propiciada por la hipocondría suscitada por el artículo divulgativo, fue en aquel momento cuando sentí una especie de corriente eléctrica que me subía desde mi bulbo raquídeo hacia el cerebro, dejando a su paso un reguero de dolor, lo que atribuí a que, dicha corriente, dejaba a su paso, un lecho de células muertas y carbonizadas. Tal era la aversión que le iba cogido al tema que, cuando me llamaron por teléfono, fui incapaz de contestar. Desconecté el móvil buscando cierta protección contra aquellas fatídicas ondas.
Mi malestar no desaparecía y tenía la maldita sensación de que todos a mi alrededor, hablaban por sus móviles sin tregua, mi cabeza estaba a punto de explotar. Comprendía que estaba sugestionado y que la realidad no podía ser tal y como la veía en aquel momento pero, a pesar de mis dosis de realidad, el dolor no desaparecía.
Me dispuse a volver a casa con la convicción de salir de aquel atolladero lo antes posible, decidí marcharme lejos, lejos de aquellas ondas perniciosas, en busca de la tranquilidad y paz interior, necesitaba un entorno adecuado, al margen de cualquier onda de radiofrecuencia y me vino a la cabeza los alrededores de Sapa (norte montañoso de Vietnam) como refugio electromagnético, rápidamente hice el plan para fugarme lo antes posible, aquella misma noche tomaría el tren con destino a mi bunker a prueba de todo tipo de ondas.
De mañana temprano llegué a Lao Cai, y enfilé mi moto alquilada hacia Sapa, una vez en aquel pueblo, emprendí camino hacia las montañas, hacia lo más alto, hacia lo ignoto.
El camino no era fácil y, en alguna ocasión, tuve que pedir ayuda a algún lugareño para desantrancarme. La pista discurría por una montaña con una pendiente considerable y por la que, según subía, iba viendo a menos personas, hasta que solo comencé a ver campos sin cultivos. La pista se acabó por lo que dejé mi moto en el arcén y seguí a pie por lo que parecía ser un sendero, luego el sendero desapareció y seguí subiendo por entre el pasto silvestre en busca de la cima.
Tras dos horas andando, el paisaje que se abría antes mis ojos era realmente excepcional. Aquella era una de las montañas más altas del entorno por lo que se podía ver a muchos kilómetros alrededor en aquel día tan claro.
Estaba exultante, me encontraba realmente bien, todas las molestias del día anterior habían desaparecido y todo aquel entorno me inducía sentimientos muy positivos. El aire olía a limpio y fresco y el silencio era total, eso era Paz.
Atribuí mi mejoría a la falta de las perversas ondas y quise comprobar mi teoría. Llevaba el móvil conmigo por lo que lo encendí y comprobé que no había señal alguna de teléfono, ni una rayita, ni asomo de intención, aquello era maravilloso, un lugar al margen de todas aquellas intrusiones de forma de señales radioeléctricas.
Aquel teléfono me lo regaló una amiga, y tenía alguna función extra como la de radio, me quedé unos instantes pensativo recordando a aquella mujer con la que había pasado tan agradables momentos, mis dedos acariciaban aquel teléfono mientras la recordaba y, sin querer, pulse el botón de la radio sintonizando una voz en chino, descuidadamente moví el dial y comprobé la gran cantidad de radios que allí se podía escuchar, sintonizadas en diferentes frecuencias, allí, en lo alto de la montaña, se podían recibir multitud de señales radioeléctricas, aquel lugar estaba infectado de ondas radioeléctricas.
En aquel momento comencé a sentir una corriente eléctrica que subía desde mi el bulbo raquídeo hacia el parietal de mi cerebro.
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